Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando Julia abrió los ojos, el sol ya se filtraba entre las cortinas.
Por reflejo, extendió la mano hacia el otro lado de la cama. Las sábanas estaban frías. Rodríguez se había marchado hacía mucho tiempo. Como todas las mañanas. Permaneció acostada unos segundos, con la mirada perdida en el techo. Luego, su mano se deslizó suavemente hasta su vientre. Una discreta sonrisa rozó sus labios. —Buenos días… —murmuró tan bajo que solo ella pudo escucharse. Aquel pensamiento le brindó un poco de consuelo. Pero desapareció casi de inmediato. Se levantó, se preparó en silencio y bajó al comedor. El aroma del café recién preparado flotaba por toda la casa. María, la ama de llaves, dejó un plato frente a ella y luego la observó con preocupación. —Señora, cada día come menos. Tiene el rostro muy pálido. Julia le dedicó una sonrisa dulce. —No se preocupe, María. Estoy bien. La mentira salió de sus labios con una facilidad que le dolió. ¿Cómo podía explicarle lo que estaba sintiendo? Desde el día anterior, vivía con un secreto que había cambiado por completo su existencia. Cada vez que su mano rozaba su vientre, su corazón se llenaba de una felicidad inmensa… que inmediatamente era reemplazada por el miedo. Ya no estaba sola. Y, sin embargo, nunca se había sentido tan aislada. Su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Rodríguez. «No volveré para almorzar. Tengo una reunión con Diana.» Julia observó aquellas pocas palabras durante unos segundos. Ni un «¿Cómo estás?». Ni un «Cuídate». Ni siquiera un simple corazón o una sonrisa. Solo un mensaje frío, casi administrativo. Bloqueó la pantalla sin responder. ¿Para qué? --- En la sede del grupo NLE, el ambiente era completamente diferente. La llegada de Diana atraía todas las miradas. Apenas atravesó las puertas del vestíbulo, varios empleados se acercaron a ella. —¡Señorita Keita, qué alegría volver a verla! —Está aún más elegante que antes. —¡Bienvenida de nuevo! Diana respondía a cada uno con una sonrisa perfectamente controlada. Parecía estar en su elemento. Como si nunca hubiera abandonado la empresa. Desde el ventanal de su despacho, Rodríguez observaba discretamente la escena. Un ligero brillo apareció en sus ojos. La puerta se abrió sin que nadie llamara. Claude Walter entró con las manos en los bolsillos. —Toda la empresa no habla de otra cosa que del regreso de Diana. Rodríguez apartó la mirada y la dirigió hacia los documentos que estaban sobre su escritorio. —Es normal. Siempre ha sido muy apreciada aquí. Claude permaneció en silencio durante unos instantes. Luego preguntó con calma: —¿Y Julia? Rodríguez levantó la cabeza. —¿Qué pasa con Julia? Claude cruzó los brazos. —¿De verdad no notas nada? Rodríguez frunció el ceño. —No entiendo a qué te refieres. Claude soltó un ligero suspiro. —Durante cuatro años, ella te ha esperado cada noche, incluso cuando llegas en plena madrugada. Te acompaña a todas las recepciones. Soporta los comentarios de tu familia sin responder jamás. Hace todo lo posible por proteger vuestro matrimonio. Hizo una breve pausa antes de añadir: —¿De verdad te parece normal? Rodríguez permaneció impasible. —Es mi esposa. Su respuesta salió con una naturalidad desconcertante. —Simplemente cumple con su papel. Claude negó lentamente con la cabeza. Una sonrisa amarga cruzó su rostro. —No, Rodríguez. Su voz sonó más grave esta vez. —Una mujer se queda porque se siente amada… no porque aprenda a sufrir en silencio. Aquellas palabras provocaron una extraña sensación en Rodríguez. Solo duró un instante. Como una incomodidad que no sabía explicar. Antes de que pudiera reflexionar sobre ello, su teléfono comenzó a sonar. El nombre de Diana apareció en la pantalla. Contestó inmediatamente. —Voy. Tomó su chaqueta y salió del despacho sin decir nada más. Claude lo observó marcharse. Luego murmuró, casi para sí mismo: —Abrirás los ojos el día en que ella ya no esté… --- Mientras tanto, Julia acudía sola a su cita médica. En la sala de exploración, el médico extendió un poco de gel sobre su vientre antes de comenzar la ecografía. Muy pronto, una pequeña silueta apareció en la pantalla. El médico sonrió. —Todo va muy bien. El bebé está creciendo con normalidad. Giró ligeramente el monitor hacia ella. —Continúe evitando el estrés y descanse todo lo que pueda. Julia se quedó sin palabras. No podía apartar los ojos de la pantalla. Era tan pequeño… Y, sin embargo, aquella diminuta vida ya hacía que su corazón latiera de una manera diferente. Una lágrima resbaló lentamente por su mejilla. Sonrió sin poder evitarlo. —Hola… mi pequeño… Su voz temblaba. El médico le entregó las primeras imágenes de la ecografía. Julia las tomó con infinito cuidado, como si fueran un tesoro. Durante unos segundos, se dejó llevar por su imaginación. Vio a Rodríguez a su lado. Su mano sosteniendo la suya. Su mirada llena de alegría al descubrir a su hijo. Casi podía escuchar su risa. Entonces la imagen se desvaneció. La realidad volvió a ocupar su lugar. Estaba sola. Como siempre. Al salir de la clínica, guardó cuidadosamente la ecografía en su bolso. Apenas había dado unos pasos cuando un sedán negro se detuvo frente a ella. La ventanilla del conductor bajó lentamente. Un hombre de aspecto elegante le dedicó una cálida sonrisa. —Julia… Ha pasado muchísimo tiempo. Ella lo observó durante unos segundos antes de abrir los ojos con sorpresa. —¿Sam William? El hombre salió del vehículo. Su sonrisa se hizo más amplia. —Sí… soy yo. La miró con sincera emoción. —Por fin te he encontrado. Julia se quedó paralizada. No esperaba volver a ver a Sam después de tantos años. Todavía no sabía que aquel encuentro estaba a punto de cambiar su vida. Al otro lado de la calle, una figura observaba discretamente la escena. Diana. Sus ojos iban de Julia a Sam. La sonrisa confiada que había iluminado su rostro unos instantes antes acababa de desaparecer.






