Nathaniel
Vuelvo a subir en el ascensor solo, con las manos metidas en los bolsillos y una sonrisa apenas contenida que desaparece en cuanto las puertas se cierran. El reflejo del acero pulido me devuelve mi propia expresión y entonces dejo de fingir.
Esa maldita perra es más peligrosa de lo que pensé.
Hace apenas unos minutos estaba a punto de entrar a la oficina de Sebastian cuando los vi. No necesitaba abrir la puerta completamente, bastó una fracción de segundo, una línea de visión suficien