Evelyn
Estoy sentada frente al escritorio de la oficina de mi abogado con las manos entrelazadas sobre el bolso, tratando de ignorar el cansancio que me pesa en los hombros.
El señor Chan me observa con curiosidad mientras se acomoda los lentes.
—Debo admitir que me sorprende que me hayas llamado así, de improviso —dice con una sonrisa amable—. Pero dime, ¿qué puedo hacer por ti?
Lo miro directo a los ojos porque si titubeo ahora quizá no logre decirlo.
—Quiero cambiar mi testamento.
La sonrisa