Sebastian
El pasillo se queda en un silencio raro cuando el niño aparece, como si hasta las máquinas se dieran cuenta de que algo acaba de romperse. Lo veo con la cánula en la nariz, el cabello un poco revuelto por la almohada, los ojos enormes demasiado despiertos para alguien que hace un rato estaba sedado, y lo primero que me golpea no es la rabia que traigo clavada desde que Evelyn me lanzó la verdad a la cara, ni el veneno que todavía me hierve cuando miro a Clara, sino una fragilidad que