Daniele se toma unos segundos antes de responder. Cruza las manos, las descruza, respira hondo. La mención de su madre siempre le provoca una tensión distinta, menos explosiva que la de Chiara, pero más profunda, más antigua. Es una herida que no sangra, pero que nunca ha terminado de cerrar.
—Es esta tarde —dice al fin—. A las seis.
—¿Y cómo te sientes con eso? —pregunta la terapeuta, con el tono pausado que ya le resulta familiar.
Daniele esboza una media sonrisa, breve, casi irónica.
—Nervio