Arianna
El vestíbulo estaba repleto de actividad cuando Enzo y yo salimos del ascensor. No era el típico ruido de fondo de un hotel, sino algo mucho más pesado: había guardias en cada esquina, con los ojos escaneando cada movimiento. El tipo de atmósfera que hacía sentir que incluso el aire tenía que pedir permiso para moverse.
Mis ojos encontraron de inmediato a mis padres. Edoardo se mantenía erguido, con esa expresión de encanto falso que usaba cuando había personas a las que quería impresio