El amanecer llegó como quien lame el borde del mundo: despacio, tiñendo de cobre las copas de los árboles y plateando los tejados aún húmedos por la llovizna de la madrugada. La hacienda respiraba en silencio. Se oía el crujido tardío de la leña muriendo dentro de la chimenea del salón y, afuera, el rumor distante del corral, algún mugido disperso, el susurro de la hierba, el arrastrar de botas de algún peón madrugador.
Pero para Taylor, el día había comenzado mucho antes.
Todavía en plena madr