El sonido de los cascos de los caballos resonaba sobre el patio polvoriento, como un tambor marcando el compás de una tarde que comenzaba a declinar. El cielo se teñía de un azul profundo, salpicado por algunas nubes dispersas que flotaban perezosamente. El aire era tibio, cargado con el perfume de la tierra seca, de las flores, de la hierba y de las hojas que danzaban lentamente entre las ramas de los altos árboles que rodeaban el porche de la casa de Doña Severina.
Lila seguía allí, sentada a