La puerta de la casa crujió suavemente cuando Catarina la empujó con familiaridad. El aroma acogedor que escapó desde el interior fue como un abrazo invisible. Una mezcla de café recién hecho, canela, roscas de maíz recién salidas del horno y... lavanda. Todo impregnado en los muebles antiguos, las cortinas de encaje y las paredes pintadas de blanco hielo.
Al instante siguiente, una figura apareció desde la cocina, secándose las manos en un paño floreado atado a la cintura.
—¡Catarina, mi flor!