La noche estaba densa, casi sin viento, y el aire parecía demasiado pesado para un lugar tan amplio. Las luces del porche titilaban, reflejando el brillo pálido de la luna sobre las tablas del suelo. La puerta todavía oscilaba ligeramente después del golpe que Taylor le había dado al salir, como si el propio aire se negara a aceptar lo que había ocurrido.
Leo ya atravesaba el césped cuando Tomás lo alcanzó.
—¡Espera! —gritó, con la voz cortando la oscuridad.
Leo se detuvo, permaneció, inmóvil,