Afuera, la noche comenzaba a caer lentamente, como una cortina tirada por manos invisibles. El cielo, todavía con restos de oro ardiendo en el horizonte, se convertía en un espeso manto de azul profundo. El aire traía olor a tierra húmeda, heno y rabia contenida.
La hacienda, antes llena de voces y risas durante la cena, ahora se sumía en un silencio denso, roto únicamente por el sonido lejano de pasos apresurados y el seco estruendo de una puerta al abrirse violentamente. La camioneta de Taylo