Cuando el cuerpo de Lila finalmente se relajó y cada músculo seguía deshaciéndose en suaves temblores, se acurrucó contra el pecho de Taylor como quien busca refugio. Su corazón seguía latiendo con fuerza y sus pulmones reclamaban aire como si acabara de terminar una carrera interminable. El agua fría del arroyo corría a su alrededor, pero era inútil: el calor que desprendían ambos era tan intenso que parecía temblar toda la corriente.
Taylor la mantuvo entre sus brazos, firme y seguro, con un