El desayuno aún continuaba, pero Lila apenas conseguía tragar un bocado de pastel. Con cada cucharada, la mirada de Catarina parecía pesar sobre ella, como si fuera capaz de leer todos los secretos que guardaba de la noche anterior. Intentaba mantener la compostura, pero el calor en sus mejillas la delataba. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de la taza de café y, aun sin mirarla, Lila sentía la sonrisa pícara de su cuñada brillar como una afilada cuchilla.
Cuando María salió de l