Christine se sentía destrozada, desesperada; su dignidad había sido pisoteada hasta quedar hecha polvo.
Había entregado su corazón a Tiesto y, aun así, jamás consiguió siquiera una segunda mirada de su parte.
¡Y ahora, apenas casado, ya se mostraba tan íntimo con otra mujer!
—¡Tiesto! —llamó Christine con voz coqueta mientras caminaba hacia él.
Tiesto dejó el teléfono sobre el escritorio. Una frialdad severa se instaló en su atractivo rostro.
—¿Quién te dejó entrar?
—Escuché que te casaste. Vin