Abracé a Luca con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo que me brindaba un poco de paz en medio de la tormenta que azotaba mi vida. Pero incluso en su abrazo, podía notar que algo era diferente. Había una inquietud que ocultaba, un peso que cargaba solo.
Esa noche, después de que Lucía se durmiera, Luca se sentó a mi lado en el sofá. Su rostro era serio, sus ojos me miraban con amor, pero también había tristeza en ellos.
—Tengo que irme a Italia. Hay un asunto urgente que no puedo seguir apla