Tres horas después, estoy sentado en la sala de espera de uno de los mejores psicólogos de Londres.
Mis codos descansan sobre mis rodillas separadas, mientras espero. Estoy luchando contra un latido errático y los nervios corren por mis venas. Nunca antes había ido a un psicólogo, nunca lo necesité.
Mis ojos recorren a las personas en la sala de espera, mientras me pregunto por qué están aquí.
Apuesto a que estoy más jodido que todos ellos.
Se abre la puerta de la oficina y, aparece un hombre.