El repentino y aterrador silencio que cayó sobre los campos de entrenamiento era más pesado que una manta gruesa. El Alfa Michael permanecía erguido en medio del polvo, con su enorme mano todavía aferrada a la muñeca de Lucy como si fuera una esposas de hierro. No parpadeaba, no se movía y no aflojaba su agarre ni un solo instante. Simplemente la observaba con una mirada oscura y gélida capaz de detener el corazón de cualquier hombre. Las venas de su grueso antebrazo latían peligrosamente, y cu