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Las señoras se marcharon después de su alegato sin sentido, ellas van cuchicheando de lo prepotente que se ha vuelto la muchacha que expulsaron del pueblo hace unos años. Van decididas a conseguir el número de teléfono de aquel banco, el único que tiene una pequeña sucursal en el pueblo.

—¡Aló buenos días!, dígame en que le puedo ayudar. —Habló un hombre al otro lado de la línea.

—Buenos días, señor, quiero denunciar que en la casa que anteriormente perteneció a la familia Estrada, han llegado
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