Abrí los ojos muy despacio, entrecerrándolos para evitar que la claridad de la mañana entrara con violencia y terminara de arrancarme del sueño. Durante algunos segundos no supe dónde estaba. Sentía el cuerpo pesado, incómodo, las piernas entumecidas y un dolor persistente en el cuello por la postura en la que dormí. El aire fresco de la madrugada todavía se aferraba a mi piel y, cuando intenté mover los dedos, descubrí que también tenía las manos heladas.
Entonces recordé.
Nos quedamos dormido