Aparca el auto y mira el reloj digital que hay en el centro del tablero del coche, el que marca las siete y veintitrés minutos de la mañana. Gira su cabeza a la derecha y sonríe. Le encanta admirar ese bello rostro.
—Muchas gracias, Antoine.No tenías que haberte molestado —le dice Emily.
—No es ninguna molestia, preciosa —extiende su brazo y le acaricia la mejilla—. Es lo menos que puedo hacer por mi novia —la última palabra la dice con mucha picardía.
Emily se sonroja y sonríe con nerviosismo.