El líder de la Yakuza, más terrible y asesino que nunca, atravesó el pasillo de aquel horrendo edificio en la Bahía Norte de San Francisco y se preguntó cínicamente cómo podría ella preferir subsistir como una andrajosa muerta de hambre a gozar de todos los lujos que él había puesto a sus pies.
Sus informantes había hecho bien su trabajo y aunque él había estado ocupado asesinando pandilleros, la habían encontrado cuatro semanas justo después de su partida de Japón. Lamentablemente, ya habían p