Sus manos son suaves y me hacen sentir muy bien. De un momento a otro sentí un palmadazo en mi nalga que me hizo sobresaltarme rápidamente.
—¿Que demonios estás haciendo? —lo miré con horror—¡Degenerado!
—Por favor, Amanda, estabas muy despierta y bien que disfrutaste de mis toqueteos.
¡Jesucristo!
Quise esconderme bajo la cama en este momento por la vergüenza que sentía.
—¡Ya quisieras, Idiota! —me levante de la cama y me fui a esconder al baño. Tenía mi cara roja como un tomate. Me abani