—Cariño… —los ojos de Gianna se abrieron lentamente, pero ahora, mirando a la ventana de aquella habitación, pudo notar que la luz del sol entraba por la rendija.
—Mamá… —Bianca asintió acariciando su cabeza.
—Sí… ¿Cómo te sientes? ¿Tienes hambre?
Gianna se acomodó en la camilla, y puso el peso a su costado, para liberar su brazo hinchado.
—No tengo… —entonces intentó sentarse.
—No, no hagas eso… por favor hazme caso.
—Mamá… ¿Cuánto he dormido?
—Desde ayer en la noche…
—No… Yo necesito hablar c