Me besó por más de un minuto, minuto en el que yo no pude reaccionar debido a la repentina impresión. Solo podía sentir el pasto bajo los dedos y los ocasionales rayos del sol rozando nuestros rostros. Su mano se sentía cálida contra mi mejilla, y sus labios eran dulces y amables.
Cuando al fin recobré la razón, me alejé de él poniéndome roja. Miré a mi amigo con ojos redondos, incrédulos y arrepentidos.
—Alan, perdón, pero yo no...
—Déjame probártelo —me interrumpió vehementemente—. Déjam