Abracé a Susan por segunda vez esa mañana, como si abrazarla impidiera todo lo que iba a ocurrir conmigo de allí en adelante.
—Te visitaré, sí el Señor lo permite.
Si eso era un consuelo, no me hizo sentir mejor. Esos eran mis últimos minutos en Odisea, los últimos instantes que pasaba bajo la protección del burdel.
—Te echaré de menos, Su —le dije hablando contra su hombro—. No quisiera irme. No quiero...
Ella me palmeó la espalda.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti, Dulce? Cualquier cosa