Al final, sí nos tocó almorzar con Mariano, y ahora entendía completamente a Luciano; él era un verdadero dolor en el trasero. Prefería mil veces aguantar la arrogancia de Luciano.
— ¿Nunca te quedas callado?
Le pregunté con curiosidad. Mariano me miró y sonrió ampliamente, dejándome entender que hablaba hasta por los codos.
— Ese es mi mayor atractivo.
Me contestó él con una sonrisa coqueta. ¡Cómo me caían mal los hombres como él! Se creían el centro del mundo. Mariano había dicho como mil vece