PIERO SANTORINI.
—Georgiano, ¿sabes algo?—pregunté al encontrarme con él.
—No, mis hombres rastrearon la dirección desde donde me llamó. Pero al ir ya no estaba, se la han llevado. —respondió.
—¡Joder!—exclame con rabia—, ¿alguna otra pista?
—Ninguna, el imbécil es astuto.—respondió.
—¿Qué hacemos?—pregunté mirándolo con desdén.
—No puede haberla llevado muy lejos, debemos buscarla.—respondió lo obvio.
—Harry, ¿crees que puedas rastrearla?—pregunté esperanzado.
—Necesito mi computadora, puedo h