Me río. —Ah, si tú debes sufrir, yo también, ¿eh?—
—Exactamente.— Ella sonríe. —No te quedes aquí toda la noche—.
—No lo haré. Tengo una cosa más que hacer, y luego me iré a casa a comer un helado de camino rocoso—.
Suspira mientras comienza a caminar. —Si tan solo mi noche sonara la mitad de interesante—.
—Quizás lo disfrutes—, le grito a su espalda.
Sacudiendo la cabeza, vuelvo a revisar las solicitudes de atención caritativa. Odio que haya tantos y no podré llamar ni a un cuarto para decirle