En sus treinta y un años de vida, nunca le había importado lo que la gente pensara de él.
Quizá sí le importara de niño, pero cuando llegó a la adolescencia, dejó de preocuparse por ello.
Ahora, con poco más de treinta años, sentía que se le aceleraba el corazón cuando le acusaban de algo.
Su reacción no se debía a la gravedad del delito, sino a la persona que pensaba eso de él.
"No. No. No," repitió con firmeza.
"¿Por qué piensas eso de mí? ¿Te crees lo que dice de mí alguien ajeno a mí? ¿Cree