Los labios de Pamela se curvaron, pero no respondieron. Simplemente siguió frotando sus caderas contra las mías. Mi hombría palpitaba en mis pantalones. El mundo se cerraba sobre mí. Nos absorbió un mar de luces estroboscópicas y una multitud apiñada. Enseguida me di cuenta. Me relajé, tal como me había ordenado. No había nadie más en el mundo excepto nosotros dos.
Mi corazón latía con fuerza y pequeñas gotas de sudor comenzaron a brillar en mi piel. Me consideraba bastante atlético. No podía