La llevé a la habitación, la acomodé en el sofá y envolví una manta sobre sus pequeños hombros.
—¡Mira esto! Vuelvo pronto. —Le acaricié la suave mejilla mientras le entregaba mi tableta.
Si no fuera hija de Celine, la gente habría asumido que era mía.
Ella era tan adorable como yo, con mejillas esponjosas y todo.
Salí en silencio y me detuve tras la pared del pasillo para escuchar. Necesitaba saber qué estaba pasando.
—¿Qué hiciste? —grito Daemon.
—Tuvimos que interrogar a Celine —respondió El