—Es curioso —dice entonces Alejandro, sin mirarme, como si pensara en voz alta—. Uno pensaría que el encierro sería insoportable… y, sin embargo, algunas cosas son peores que salir de aquí.
Frunzo el ceño, desconcertada.
—¿Qué cosas? —quiero saber.
Él no responde. Solo se pasa una mano por la nuca y desvía la mirada, como si ya hubiera dicho demasiado. Y eso me enfurece.
Golpeo el botón de emergencia con más fuerza de la necesaria, como si con eso pudiera acelerar la reparación del ascensor.
—S