Megara
La oscuridad de la fortaleza de Ragnar no me asusta. Nada lo hace.
No después de haber sido humillada. No después de haber sido reemplazada.
Camino por los pasillos de piedra fría con la cabeza en alto, mis tacones resonando con cada paso. Las antorchas a los lados proyectan sombras alargadas y siniestras, pero no me detengo. Estoy aquí porque quiero. Porque lo necesito.
Al llegar a la gran sala, Ragnar está esperándome con una sonrisa depredadora. Ese maldito bastardo me gusta tanto como