El primer bocado

Elena no durmió ni una sola hora.

Tras el incidente en la cocina, había regresado a su habitación, pero su cuerpo se negaba a descansar. Cada vez que cerraba los ojos, sentía los dedos de Adrian rozando su muslo, persistentes, prometedores. Cada vez que giraba la cabeza sobre la almohada, juraba que aún podía oler su colonia: intensa, masculina, peligrosamente adictiva.

Al amanecer, se incorporó en la cama, aferrada a la bata, exhausta pero inquieta. Su esposo, Gregory, estaba de viaje de negocios durante una semana, y el vacío de la mansión le pareció de repente una trampa. Una jaula dorada donde la tentación acechaba en cada esquina.

Pensó en prepararse el desayuno, distraerse, tal vez incluso llamar a una amiga. Pero el sonido de pasos en el pasillo la heló la sangre.

No necesitó mirar para saberlo. Era él.

Adrián.

El suave crujido de la puerta le oprimió el pecho. Se giró rápidamente, con el corazón latiéndole con fuerza, y allí estaba él: apoyado despreocupadamente en el marco, con el pelo revuelto y una sonrisa pícara en los labios. Esta vez iba vestido, pero solo con una camiseta holgada y pantalones deportivos; la tela marcaba sus músculos de una forma que le resecó la boca.

—Buenos días —dijo arrastrando las palabras, como si irrumpir en su habitación fuera lo más natural del mundo.

Elena apretó más fuerte la bata. —Adrian, no puedes entrar así sin más.

—¿Por qué no? —Su ​​sonrisa se ensanchó, con una mirada lobuna—. Yo vivo aquí. Tú vives aquí. Somos familia, ¿no?

Se le revolvió el estómago. La forma en que lo dijofamiliaEstaba cargado de burla, como si supiera perfectamente lo mal que sonaba.

—No quiero jugar contigo —susurró ella.

Entró, cerrando la puerta tras de sí con un suavehacer clicEl sonido resonó en el silencio, aislándolos del resto de la casa.

—Nada de juegos —murmuró, avanzando lentamente, cada paso deliberado—. Sigues fingiendo, Elena. Pero anoche… —Sus ojos se oscurecieron—. Querías que te tocara. Lo sentí. No te molestes en negarlo.

El calor le recorría las venas. Sacudió la cabeza con furia, pero su cuerpo la traicionó: su pecho subía y bajaba demasiado rápido, sus labios se entreabrían contra su voluntad.

Adrian se detuvo al borde de la cama, mirándola desde arriba. Su mirada recorrió su rostro, luego bajó, deteniéndose en el hueco de su garganta donde su pulso latía con fuerza.

—Estás tan hermosa por la mañana —susurró, casi con reverencia—. Tan suave. Tan inocente. —Sus dedos se extendieron, apartándole un mechón de pelo de la mejilla—. ¿Acaso te ve? ¿O mi padre simplemente te deja aquí, muriéndote de hambre?

Se le cortó la respiración. La crueldad de sus palabras le dolió profundamente porque eran ciertas. Gregory no la había tocado en meses. El trabajo, el estrés, las excusas… su amor se había enfriado.

Elena tragó saliva con dificultad. —Para, Adrian. Por favor.

Pero a su voz le faltaba convicción.

Él sonrió levemente, como si percibiera su debilidad. Su mano se deslizó hacia abajo, rozando su mandíbula, para luego descender hasta su hombro. El calor de su tacto traspasó la fina tela de su bata, provocando un escalofrío que recorrió su piel.

—Di que no me quieres —me desafió con voz baja y áspera—. Mírame a los ojos y dilo.

Sus labios temblaban. Su corazón le gritaba que lo alejara, pero su cuerpo se inclinaba hacia adelante, traicionándola, hambrienta de aquello que había estado negando.

Ella no pudo decirlo.

La sonrisa burlona de Adrian se desvaneció, reemplazada por una mirada más oscura y voraz. Lentamente, se inclinó hacia ella hasta que sus respiraciones se mezclaron, hasta que su boca quedó justo encima de la de ella.

Sus ojos se cerraron lentamente.

Y entonces, sus labios se posaron sobre los de ella.

El mundo se hizo añicos.

No fue un beso tierno. Fue desesperado, hambriento, casi violento en su intensidad. Su boca reclamó la de ella, su lengua se deslizó entre sus labios como si hubiera anhelado ese momento con desesperación.

Elena jadeó contra él, llevando las manos a su pecho, no para apartarlo, sino para aferrarse a él, para mantenerse firme mientras el suelo parecía desmoronarse bajo sus pies.

Su aroma inundó sus sentidos: cálido, embriagador, prohibido.

Su bata se deslizó ligeramente de su hombro, dejando al descubierto su piel tersa. La mano de Adrian ocupó inmediatamente ese lugar, su palma caliente contra su piel desnuda. Intensificó el beso, gimiendo suavemente en su boca como si no pudiera saciarse.

Elena gimió. El sonido la sobresaltó.

Separó los labios, jadeando, con el pecho agitado. "No, esto está mal".

La mirada de Adrian era ardiente, sus labios hinchados por el beso. "Lo incorrecto no se siente tan bien".

La agarró de la muñeca y le pegó la mano al pecho. El rápido latido de su corazón resonaba bajo la palma de ella, fuerte e implacable.

—¿Sientes eso? —susurró con dureza—. Eso es lo que me haces. Me vuelves loco, Elena.

Su pulso se aceleró al ritmo del de él. Quería alejarse, gritarle, expulsarlo de su habitación para siempre. Pero en vez de eso, sus ojos volvieron a posarse en sus labios, anhelando más.

Adrian lo vio. Sonrió con aire triunfante.

Con un movimiento rápido, la empujó suavemente de vuelta a la cama, apoyándose sobre ella sin aplastarla. Su cuerpo la envolvía, irradiaba calor y su aroma la envolvía por completo.

Su túnica se deslizó aún más, la seda dejando al descubierto su pecho. Sus ojos se posaron en ella, con una mirada de deseo ardiente.

—Dios mío —murmuró con voz ronca—, vas a arruinarme.

Sus labios volvieron a estrellarse contra él, más ardientes, más urgentes esta vez. Elena gimió en su boca, sus manos enredándose en su cabello, atrayéndolo hacia sí.

Cada nervio de su cuerpo clamaba por él, suplicaba por más.

Pero en medio del caos, la culpa la atravesó como una cuchilla. El rostro de Gregory apareció fugazmente en su mente, los votos que había hecho, la línea que estaba cruzando.

Con un grito ahogado, empujó el pecho de Adrian, interrumpiendo el beso.

—¡Alto! —exclamó, con lágrimas en los ojos—. ¡No podemos, esto tiene que parar!

Adrian se quedó paralizado, con el pecho agitado y la mirada desorbitada. Por un instante, pareció dispuesto a discutir, a arrastrarla de nuevo a sus brazos. Pero entonces se incorporó lentamente, pasándose una mano por el pelo.

Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. «Puedes mentirte todo lo que quieras. Pero tu cuerpo no miente, Elena. Me devolviste el beso. Lo deseabas».

Se le hizo un nudo en la garganta. No podía negarlo.

Adrian se inclinó una última vez, su aliento caliente contra su oído. “Esto no ha terminado. Ni mucho menos.”

Y entonces se marchó, dejándola tendida en la cama, con los labios hinchados, el cuerpo temblando y el corazón partido en dos.

Elena se cubrió el rostro con las manos, sollozando y sacudiendo sus hombros. Se odiaba a sí misma. Odiaba la debilidad que ardía en su interior.

Pero incluso a pesar de la culpa, sus labios aún hormigueaban por su beso.

Y la verdad que no podía afrontar era simple.

Ella quería más.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP