Elena no durmió ni una sola hora.Tras el incidente en la cocina, había regresado a su habitación, pero su cuerpo se negaba a descansar. Cada vez que cerraba los ojos, sentía los dedos de Adrian rozando su muslo, persistentes, prometedores. Cada vez que giraba la cabeza sobre la almohada, juraba que aún podía oler su colonia: intensa, masculina, peligrosamente adictiva.Al amanecer, se incorporó en la cama, aferrada a la bata, exhausta pero inquieta. Su esposo, Gregory, estaba de viaje de negocios durante una semana, y el vacío de la mansión le pareció de repente una trampa. Una jaula dorada donde la tentación acechaba en cada esquina.Pensó en prepararse el desayuno, distraerse, tal vez incluso llamar a una amiga. Pero el sonido de pasos en el pasillo la heló la sangre.No necesitó mirar para saberlo. Era él.Adrián.El suave crujido de la puerta le oprimió el pecho. Se giró rápidamente, con el corazón latiéndole con fuerza, y allí estaba él: apoyado despreocupadamente en el marco, c
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