No conocía a nadie que tuviera esa habilidad, así que me sentía bastante orgullosa de ser yo quien la tuviera.
—¿Tu mate? —repitió Nathan con espanto, como si la simple idea de que yo tuviera un mate lo enloqueciera.
—Pues sí. Soy una mujer lobo, tengo mate como cualquiera —respondí con obviedad.
—Entiendo —murmuró el alfa, aunque el comentario fue más para sí mismo—. Tengo solo dos preguntas más, loba.
—Dispara —sonreí, retándolo con la mirada.
No se supone que deba desafiar a un alfa, no. Ell