Xander.
Desayunó parsimonioso, su mirada fija en las agujas del reloj. Los minutos pasaban lentos y se preguntó si aquello era constante o quizá se debía a que no tenía que salir rumbo al trabajo. Era su día libre.
Escuchó la puerta abrirse. Pasos lentos acercándose.
—Oh, aquí estás —Al ver la figura frente a él ni se inmutó—. ¿Puedo? —El hombre apuntó la silla vacía, asintió—. ¿Qué sucede?
—Nada —respondió.
Se incorporó, llevando la taza al fregadero. Al volver a su sitio, un escalofrío recorrió su es