Escarlata.
—Estás despedido —Cerró los ojos, deseando que no fuera verdad—. ¿Cómo se te ocurrió salir huyendo? Ahora atente a las consecuencias.
—Gael, no puedes despedirlo solo por defenderse de esos hombres —recriminó su compañero en su defensa—. Se propasaron con él. No solo verbalmente, lo acosaron físicamente.
—¿Y qué? —bramó el hombre—. Hubiera aceptado, el dinero lo valía.
—Me largo de aquí —espetó y abrió los ojos, se desató el mandil—. No soy esa clase de persona. No vendo mi cuerpo, no lo hice y