327. Alarma roja
Leonardo
El aeropuerto nunca me había parecido tan frío y estéril. El sonido amortiguado de los anuncios por los altavoces y el ir y venir constante de pasajeros se mezclaban con el ruido ensordecedor de mi propia mente, que no dejaba de gritar, devorándome por dentro.
Bella seguía desaparecida.
Y no había ni una maldita pista. Ninguna llamada, ninguna exigencia, ninguna señal. Solo ese silencio asfixiante que me decía, sin piedad, que estaba perdiendo el control.
La pierna me temblaba sin para