221. Decisión
Magnus
Gabriela seguía refugiada contra mi pecho. Los sollozos ya habían disminuido, pero su tensión seguía ahí, densa, palpable. Pasé la mano por su cabello para calmarla, mientras mi corazón latía con fuerza, atrapado entre la frustración, la preocupación y algo más profundo que ya no podía ignorar.
“Vas a hacer las maletas”, dije, con voz firme, sin necesidad de alzar el tono.
Ella levantó la cabeza para mirarme, los ojos enrojecidos, abiertos de par en par.
“¿Qué?”
“Vas a hacer las maletas,