Todos en la habitación mantuvieron la respiración. El miedo era un esmog que espesaba el aire y se precipitaba a mis pulmones como vapores de lejía. Me picaba y quemaba, casi haciéndome emitir una tos desagradable.
Se podía sentir el desgarro y la ruptura de alianzas, la formación de opiniones y el cuestionamiento de creencias.
No todos los días la Mesa Alta acogía a una devoradora de almas en potencia. Algún lado instintivo de mí me dijo que usara mi don, que le arrancara la vida a Marcus a