Capítulo cincuenta y seis: Un adiós más.
Los días pasan y yo no salgo de este cuarto polvoriento, mis ojeras; mi cabello enredado, mi ropa desaliñada dejan muy en claro mi estado de ánimo. Mi abuela se ha empecinado en hacerme la guerra, ella quiere que me levante, pero yo sigo enredado en las sábanas sin dejar que un rayo de luz entre por la ventana.
Cuando escucho el sonido de la puerta vuelvo a impacientarme,
— ¡Que no quiero ver a nadie! —Mi grito ronco es claro: vuelvo a girarme dándole la espalda a la puerta.
En ese momen