—Hemos llegado —anuncia el conductor.
Levanto la mirada y trago grueso al ver el enorme edificio de azulejos, desborda elegancia y poder, hasta arriba hay una enorme “B” que me intimida.
—Gracias —le pago la tarifa y salgo del auto.
Agarro con fuerza la correa de mi bolso y camino hacia la entrada, me dirijo a la recepción tratando de encontrar las respuestas, son las ocho de la mañana, no he descansado, la noche ha sido larga y el hambre me avasalla.
—Buenos días —le digo a la chica pelinegra