Frederick
Parker me miró nuevamente con una de esas expresiones en el rostro que lo decían todo, decían cosas como:
«Debería hacer algo, o dejar de perder su tiempo en sentirse miserable». Puede que tuviese razón, pero tampoco tenía demasiadas opciones. Me sentía realmente miserable después de firmar el divorcio. Lo único que me animaba era ver ese Monet que Leah me había obsequiado en penumbras.
No tenía deseos de comer, salir o siquiera respirar. Me había convertido en un maldito guiñapo.