Alana permanecía envuelta en las mantas, mientras el calor de la chimenea se había desvanecido poco después de la partida de Otto. Por más que intentó avivar las brasas moribundas, sus esfuerzos fueron en vano, y la temperatura en la cabaña comenzó a descender con rapidez. A medida que el frío se apoderaba del lugar, un sentimiento aún más helado se instalaba en su interior: el temor de ser olvidada. ¿Acaso la abandonarían? La idea golpeaba su mente con fuerza, recordándole cruelmente que nunca