El gran salón del Hotel Waldorf brillaba con la opulencia propia de la élite neoyorquina. Los techos altos estaban adornados con arañas de cristal que iluminaban los arreglos florales blancos y dorados, dando al lugar un aire de cuento de hadas. Pero para Miranda, todo aquello se sentía como una fantasía ajena, un sueño prestado que no era suyo. En el centro del caos organizado, Miranda se encontraba frente al espejo de una suite del hotel, enfundada en un vestido de novia que había escogido se