Ramas con espinas, arañaron su piel, mientras algo la arrastraba, intento zafarse, moviéndose con desesperación. El momento terrorífico no duró mucho. La voz de Siebog fue clara, con entonación estruendosa. No sabía dónde estaba exactamente, solo que no la había abandonado.
—¡Cierra los ojos!.—Grito su demonio. De una manera tan enérgica, que todas las aves del bosque volaron en bandadas fugaces.
La oscuridad visual a la que obedeció, le siguió un explosivo líquido, que baño su piel ya profana