Aún su olor la invadía, el monstruo no se saciaba de su cuerpo. Bajó la vista, su lengua chupaba su pezones con urgencia, esa boca lasciva, había andado por toda su piel, con la misma que había masticado un corazón que latía.
Giro el rostro a un lado, luego respiro profundo para contener sus deseos de llorar, cuando ese monstruo levantó sus piernas y empezó a penetrarla despacio. Su enorme virilidad la cegaba de placer, no negaba que sentía algo su disfrute ante la invasión primitiva, pero tamb