El lugar elegido para la boda era una finca con jardines hermosos, donde en medio de ellos se alzaba un antiguo castillo de más de un siglo de antigüedad. La vista al entrar era imponente.
La novia ingresaría por la puerta principal, cruzaría el gran salón hasta el parque, donde una alfombra roja se extendía desde la salida del edificio hasta una glorieta decorada especialmente para la ocasión. Las sillas, impecablemente alineadas, esperaban a los invitados.
Elizabeth había insistido en invitar