Apenas abrió sus ojos, Elizabeth divisó una silueta contra el ventanal de la habitación, era Federico.
—Buenos días, señor Alvear— Saludó con total naturalidad como si la noche anterior, no hubiese sucedido absolutamente nada.
Él se volteó para mirarla, parecía no haber dormido muy bien. Su aspecto demacrado mostraba haber pasado una mala noche o una noche de juergas.
—¿Preparaste todo como ordené? — dijo fríamente.
Ella asintió con la cabeza, no se atrevía a hablarle.
— Sí señor—dijo suavemente